La enfermedad del modernismo (Friedrich Nietzsche, traducción de Enrique Eidelstein – Edicomunicación, Colección Fontana, Clásicos Universales)
Examinémonos con minuciosidad. Somos hiperbóreos; vivimos eternamente separados, y tenemos conciencia de nuestra separación. “¡Ni por mar ni por tierra hallarás el camino que conduce al país de los eternos hielos!”. Píndaro lo ha dicho por nosotros. Más allá del Norte, los hielos y la muerte, nuestra vida, nuestra felicidad. Hemos descubierto la dicha; conocemos el sendero que conduce a ella; hemos encontrado la salida a través de millares de años. ¿Quién otro la habría hallado? ¿Acaso el hombre moderno? “No acierto a entrar ni a salir; soy lo que no sabe entrar ni salir”, suspira el hombre moderno. Sufrimos la enfermedad del modernismo de esa paz insana, de esa cobarde transacción, de toda esa virtuosa porquería del moderno sí y no. Esa tolerancia y esa magnanimidad que lo perdona todo, porque lo comprende todo, es para nosotros algo así como un siroco. Vale más vivir entre los vivos, que entre las virtudes modernas y demás vientos del Sur. Hemos sido lo bastante esforzados, no tuvimos en cuenta a los demás ni a nosotros mismos, pero, durante mucho tiempo no supimos qué hacer de nuestra bravura. Nos tornábamos sombríos, y nos llamaban fatalistas. Nuestra fatalidad era la plenitud; la tensión, la abundancia de fuerzas. Teníamos sed de relámpagos y de actos; permanecíamos muy lejos de la dicha de los débiles, muy lejos de la resignación. Nuestra atmósfera estaba cargada de tempestad; nuestra naturaleza se obscurecía, porque no disponíamos de senda. La fórmula de nuestra felicidad es ésta: un sí, un no, una línea recta, una meta.
(fuente: “El Anticristo”, Friedrich Nietzsche, ed. Edicomunicación, Colección Fontana, Clásicos Universales, Barcelona 1997, págs. 21-22)